Un último día

Ella se levantó un día buscando el sol. Salió de su cama, vió las cortinas blancas que parecían alas de ángeles contra los resplandecientes rayos de luz matutina. Puso su mano blanca sobre sus sábanas y poco a poco se levantó.

El sol la saludó y las nubes huyeron, intentado no ser mal tercio en esta carta de amor. Su piel tocó la mano blanca y blanco contra blanco danzaron en la celestial sala de baile.

Al finalizar su vals, ella bajó a la tierra y la Madre la recibió de beso. Caminó con pies desnudos sobre el lodo. Y no le importaron las manchas en sus vestidos. Recorrió la totalidad de la tierra mientras duraron los años dorados y nadó a la profundidad de los mares en la época naranja. Descubrió el mundo con la Madre.

El sol lloró por ella cuando llegó su hora de partida. Agarrando a sus fieles compañeras esponjosas, se marchó sin ver atrás. En su lugar vino la reina blanca. Azucena como la nieve. Azucena como su piel. La vistió con rocío de diamantes y le dio una corona de estrellas. Con la reina no bailó. Se vieron a los ojos durante un eterno silencio y sonrieron esa vieja sonrisa de amantes.

Pero sus ojos se desvanecieron. El rocío se deshizo y la dejó en desnudez. Sus huesos protuberantes, sus labios cual desierto, su piel gris… Ella, lista para no bailar valts con el sol ni disfrutar días con la Madre ni enamorarse de la reina. Ella, lista para

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