Santidad Perdida

Sus ojos brillaban como dos estrellas en un mar de tez morena. 

Su sonrisa resplandecía, automáticamente mandando mariposas a mi estómago. 

Sus rodillas se doblaban, sus manos se alzaban. 

Él era el primero, antes de todos y declarado padre de muchos. 

¡Ay! ¡Perdido está el hombre con luz de día! Su alma ha sido derrotada en la noche. 

Jamás serán vistos esos ojos que yo vi.

Jamás sentirá un alma desconsolada sus brazos de amor como yo lo hice.

Jamás caerán lágrimas saladas en sus hombros como la lluvia tormentosa que fueron las mías.

Jamás sonará su voz tan dulcemente a oídos ni se sentirá el calor de sus manos.

¡Perdido! Perdido, ¿dónde he de encontrarte? Un pecado me habéis revelado. ¿Arrepentiráis tu alma o darás muerte a tu vida? 

Cambiarán los ojos pero no morirán.

Cambiará su consuelo pero no morirá.

Cambiará el dueño de las lágrimas pero los hombros no morirán.

Cambiará la dulzura de su voz y el calor de sus manos pero no morirán. 

Dicho está y hecho será: cambiará pero no morirá. Alterado por el pecado mas perfeccionado por el perdón. 

Alma mía, sostén el cambio y ve tu futuro. Previene ahora y no lamentarás mañana. 

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Quiero 

Quiero amarte.

Quiero amarte con mi cuerpo, mi alma, mi corazón. Quiero unirme a ti mientras me besas y me despeinas el cabello que por mucho tiempo se mantuvo perfectamente peinado. 

Quiero que me tomes de la cintura y que tus labios toquen suavemente mi cuello. 

Quiero amarte.

Quiero amarte como nunca he amado a un hombre antes, porque tu fuerza y tu ser me llaman más que cualquier otro. 

Quiero besarte y abrazarte, que me tengas en tus brazos una noche entera como lo hacen los personajes de las novelas románticas y cursis.

Quiero tenerte.

Tenerte a mi lado y no soltarte hasta que sea totalmente y absolutamente necesario. Porque en este momento mi corazón ha creado una balada por ti declamando en una y otra vez:

Te deseo.